09 noviembre 2015

Bacanal

Un gran susto se llevó la novicia cuando abrió una de las puertas del convento y descubrió del otro lado lo inmoral y profano. Exclamó horrorizada: “¡Dios mío, esto es una bacanal!” Se persignó, invocó a la mesura y con alaridos, a los que nadie prestó atención, pidió que se terminara esa fiesta del demonio. Insensatos, dijo, cerró la puerta bruscamente y volcó su cuerpo hacia el claustro. Caminaba con dificultad, apoyándose torpemente en las columnas, paso a paso hasta abrirse paso en un claro. Su corazón palpitaba; invadida por una emoción que creía olvidada suspiró, se persignó, se arrodilló y comenzó a orar. Pero no puede, se detiene; esas imágenes, todavía nítidas en su cabeza, se entrometen en sus pensamientos aturdiéndola, esgrimiendo una sensación incomoda, un calor que empieza reptando desde sus caderas hacia su pecho. La oración no surte efecto, no hay respuesta divina ni iluminación. Sintió el llamado salvaje de miles de años de evolución que se posaron sobre ella y su hábito tentándola, haciéndole voltear hacia donde el pecado aún se perpetraba, incitándola a sucumbir a sus instintos.

Pensó en la vida que tenía por delante, en esas infinitas horas de rezo y abnegación, el largo camino de compasión y reflexiones que la llevarían a alcanzar una vida santa. Fueron danzando palabras y sentencias, recordándole que no había punto medio. Dio media vuelta y regresó. Temblando, volvió a la puerta, la abrió y vio que todo seguía igual: jadeos, miradas de euforia, invitaciones y alaridos que la animaban a dejar esa carga pesada que llevaba. Avanza un paso pero se detiene a medio camino. “No”, dijo, “no”, repitió en voz alta y salió corriendo. Y maldijo esa santidad suya tan fuerte que le impidió unirse a la celebración. Se persignó. “Dios mío”, susurró, miró al techo como buscando una aprobación que sabía no llegaría.